relato

La ejecución

Ilvarson se levantó sobresaltado al escuchar el crepitar de las llamas. No tenía tiempo para armarse pero aún así, era totalmente consciente de lo que le esperaba fuera. A pesar del calor que transmitía su hacha apoyada en un pilar ardiendo, no sintió dolor alguna al sujetarla. Escuchó un fuerte golpe a su derecha y observó como una enorme figura antropomorfa, que a través del humo se veía difuminada, conseguía tirar a golpes la gran puerta de entrada. La misma figura que segundos después de salir al exterior retrocedía tambaleante y caía de espaldas como un árbol talado. Sin pensar demasiado y dejando soltar un enfurecido alarido lleno de furia, corrió hacia el lugar donde antes había una puerta sin poder evitar en su carrera pisar alguno de los cadáveres de sus compañeros y familiares que fallecieran asfixiados. Solamente hicieron falta unas décimas de segundo para fijarse en el cuerpo que había visto derrumbarse en la entrada, era el del gigantón de su hermano al que reconoció a pesar de faltarle la mitad del rostro. Lo que en la distancia creyera un brazo resultó ser el mango de un hacha que estaba clavado sobre el hombro derecho con tanta fuerza que posiblemente le llegara al pulmón. Por lo menos parecía haber muerto en el instante. Nada más dar dos pasos fuera de aquel infierno sintió una extraordinaria presión sobre el pecho que lo dejó sin aire. Llegó a ver la flecha clavada bajo su corazón justo antes de que sus rodillas perdiesen la fuerza, doblándose y obligándole a apoyarse con las manos para evitar caer boca abajo y acabar por atravesarse el mesmo contra el suelo. Sin poder aún levantar la mirada, el helado acero de una gran espada atravesó su torso. Lo último que pudo ver fue la decapitación de su primo, el jefe del clan, al que maldijo por ser el máximo responsable de esa situación tras haber traicionado al cacique. Por su culpa ya no podrá caer en el campo de batalla donde Wottan vendría para guiarlo en su última y más importante travesía. Le sorprendió no sentir dolor. Tan solo frío… Y finalmente obscuridad…


Texto: Anxo Dafonte
Imagen:  Daisa TJ en Pexels


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